La noche estaba tranquila, casi podría decir inmóvil. Pareciera una noche de verano si no fuera por la helada que bajaba de la montaña. Empezabamos a subir por una carretera curveadísima, esta vez subimos a una parte que no conocíamos... era un espacio amplio al lado de lo que alguna vez pudiera haber sido algún arroyo. El cielo estaba tan nítido y claro que aún cuando aún no llegaba el alba se veía un tono azulado y se podían ver algunas estrellas verdosas. Se podían ver Marte y Mercurio claramente.
La constelación de las Leonidas se encontraban a unos 15 grados de la línea del horizonte y no recuerdo si era el norte o el oeste pero solo había que orientarse hacía esta dirección para poder ver como se invadía la boveda celeste de líneas de luz. Me encanta ese nombre que le dan al cielo: suena tan cercano y a la vez es algo tan inmenso (bó-ve-da ce-le-ste... :D).
Esperamos un par de horas... armamos un fuego esparcido para poder ver bien la lluvia. Mis amigos se acurrucaban en una cobija mientras yo observaba el fuego y la Isla (una dálmata inteligentísima) se recostaba sobre la tierra fresca. Uno de nuestros amigos había tomado demasiado té (de quien-sabe-que) y se perdió en el antiguo riachuelo. Estabamos por comenzar su búsqueda cuando de repente... fuuuuuuuumm! una espesa estrella cruzó la bóveda plasmando una espesa línea verde. WOOOOOW!!! -mi amiga Ale y yo nos volteamos a ver maravillados; mi amigo Pablo veía el horizonte mientras la estrella desaparecía lentamente... incluso la Isla se levantó a ver el cielo también.
A partir de ese momento se desató una sucesión de líneas de luz que zurcaron el cielo de una manera incesante. La mayoría eran breves y claras y de vez en cuando pasaba una azúl o verdosa de mayor longitud. La noche estaba helada y el cielo bien claro. Se observaba algo así como una guerra de lasers en plena vía láctea. De repente algunas de las estrellas parecían aventar señales y azúcar en la plena inmensidad de aquella noche en la Tierra..
* * *


No hay comentarios:
Publicar un comentario